Cada partícula de ti, cada átomo de mí. Ambos parte de este inerte ser.

Ambos vivos y muertos en la paradoja escatológica. Vivos, vivos y muertos a la vez.

Perdiendo el rumbo de las cosas, perdiendo nuestro centro.

Teniendo suerte de mordisquear la salsa errante de tu sangre.

Percibe, toca, lee y déjate invadir.

Estas ahora en mi mundo. Déjate ser.

//Juan Manuel Alvarez

jueves, 13 de diciembre de 2012

Destinos

Gracias a Francisco Samán por ser parte de mis palabras que ahora son de ambos.

Lo esperaba solo desde hace tiempo. Estaba aburrido, escuchando mis canciones preferidas de Spinetta con los auriculares, en especial las de la vieja banda “Spinetta Jade” e imaginando volver por fin después de tanto tiempo. Levanté el brazo a noventa grados de mi cuerpo y el micro frenó (Debo aclarar que de donde yo vengo colectivo, bondi y micro son sinónimos, todos recorren la ciudad).

-¿Vas para...? -el chofer me señalo el cartel con la ruta; efectivamente este era el micro.

-Uno noventa con monedas- Cada moneda era un estallido metálico, un movimiento descontrolado. El micro comenzó a moverse y yo pusé la última moneda de diez centavos.
Al bondi lo ocupábamos cinco pasajeros y yo. Todos taciturnos, oscuros, aneblinados.  Retiré el boleto, lo guardé en el bolsillo y me senté en uno de los asientos del lado de la ventana. Me acurruqué en la butaca, la humedad tajante invadía el ambiente frío. Dejé caer mi cabeza en el vidrio y mis ojos se entrecerraron casi automáticamente. Mis mejillas se mojaron por el empañe de los vidrios y observé el mundo exterior desde mi mundo interior.
 El chofer nunca dejaba de mirar al frente, salvo por esas mínimas fracciones de segundos en las que miraba por el espejo a los ojos de alguno de nosotros para comprobar que aún teníamos alma. Atrás mío podía observarse a un hombre con mirada triste y desganada, vestido de traje, mirando el horizonte inexistente, absorto de la realidad. En el fondo del colectivo, una pareja enamorada que descansaba uno en el hombro del otro, parecían sufrir el frío por su forma de abrazarse. Un joven dormido de cabellera evidentemente teñida de rubia, se recostaba sobre dos asientos, borracho y con ojeras gigantescas que demostraban su peor estado, creo que tenia vomito en su camisa. La quinta persona era una mujer, sentada del otro costado del micro. Sostenía una carpeta, mirando tristemente a las personas presentes y verificando una y otra vez la hora en su reloj. El exterior pasaba y pasaba sin volver jamás. Las casas que cruzábamos eran absorbidas por el camino recorrido y dejadas atrás. Yo estaba en mi mundo, y de a poco comencé a dormirme sabiendo que el viaje duraría el tiempo suficiente. Luego de unos minutos, quede suspendido en un tempestuoso y profundo sueño que me transporto a imágenes vivas.

Hospital, nacimiento, amistad, Gregorio.

"Eh loco cada vez que encontrás a alguien lo arruinas", moralidad,            , soledad, nubosidad, sol, redención, muerte,               , miedo, araña.

-Señor. Señor, despierte señor. -Sentí su mano en mi hombro.-Señor. ¿Usted también va a allí?
-Sí. ¿Por qué preguntás?
-Es que, todos nos bajamos ahí.
-¿Y qué tiene eso?
-Que nadie se dio cuenta, nos pasamos.


No había manera de despegar mi mirada de sus ojos. ¿Quién era esta chica? ¿Por qué íbamos todos al mismo lugar? Creo yo que no era nadie, y que en realidad no estaba viajando conmigo sino que viajaba yo con ella. A ningún lugar. Decidí trasladarnos a un desconocido lugar. Blanco, pureza, paz. No se veía otra cosa que no fuéramos nosotros. Al menos yo no lo veía.

- ¿nos vamos a quedar acá?- me preguntó. No le respondí, porque simplemente no quise molestarla con mi respuesta. Al instante después de su pregunta y mi silencio, hice aparecer un telón. Rojo, grande, como el de los teatros. Antiguo, eterno. Eterno como el canto de los pájaros que dominan las mañanas. Fue ahí cuando le expliqué que estaríamos detrás de lo que ella quisiera, que simplemente se lo tenía que imaginar. 
El telón se abrió y un micro apareció. Levantó el brazo a noventa grados de su cuerpo y el micro frenó.


Me destellaba la mirada y llegaban a mi imágenes inconexas, pasaban por mis ojos todos los tiempos, todos mis tiempos, todas mis vivencias, todos mis yo. Ella subiendo al colectivo; yo sentado en la butaca; ella en la maquina pagando uno noventa; una plaza con mucha gente formada, mirándome; el hombre de traje en el colectivo, despertándome.
-Señor, le dije que nos pasamos.- Me zambullí en la piscina, ese verano resultó tan caluroso.

-Perdón, me distraje. ¿Dónde estamos ahora?-

-No sé, no reconozco la zona. - Me paré e intenté ver una dirección, una pista, una casa, algo que me indique alguna referencia de nuestra posición.  Todo era desconocido, ella en el parque  jugando con Martincito, fui caminando a preguntarle al chofer, ella pagaba en la maquina y yo esperaba el micro en la parada, este me dijo “pera flaco no rompas las bolas”. Llevaba a Martincito a la escuela y choqué.
Volví a mi asiento.  El hombre de traje me miró, al parecer no era muy seguro de sí mismo. Parecía depender mucho de lo que yo dijera. Era razonable que con mis avanzados años alguien me tenga respeto. La pareja parecía asustada, Martincito me hizo llevarlo al parque Saavedra otra vez, yo siempre tuve mujeres dominantes como pareja, aunque ella era especial. La novia del chico reprochaba a este haberse quedado dormido. Ella subió al micro y dijo “uno noventa con monedas”.  El joven teñido de rubio despertó y sus ojos colorados desesperaron, me hice el desayuno y estaba solo, miró a todos lados. Le preguntó dónde estábamos a la mujer. Si se peinara, maquillara y vistiera seria la mujer más hermosa de la tierra. El joven me pregunto a mí.
-No se pibe, yo también me quede dormido. Todos nos quedamos dormidos. No sabemos ni donde estamos.
-aagh… Está bien,- Su resaca no lo dejaba hablar.-ya veremos, debemos estar por Berisso.
-No se pibe, la verdad que no se.
Ella llevaba a Martincito siempre a la escuela. Ese día no, recibió un llamado y se subió a un bondi para ir a buscarme a mí y a Martincito. En el micro la mujer no paraba de mirar el reloj.  El hombre de traje miraba hacia afuera inútilmente. Recordé a Ludmila, una novia de mi adolescencia que un día en un micro vacío le hice  el amor escondiéndome del chofer. A este tipo le falla. ¿Qué tipo de chofer es? El hombre de traje me pregunto sobre mi vida.
-Maté a mi hijo en un choque. No quiero recordarlo, fue hace mucho tiempo.
-Uh, que cagada. Yo tengo un hijo, Martin se llama. La madre me lo dejó, tengo que llevarlo yo a la escuela ahora.
Cuando era muy joven, tanto como para hacer ciertas locuras de las que no me enorgullezco pero me convirtieron en lo que soy, dormí por tres horas en un colectivo. Ella miraba el reloj desesperada.  Volqué, Martincito salió volando por la ventana y su mirada quedo grabada en mi cabeza. Todo se desvaneció. Todo se volvió blanco. La voz del chofer:
-Acá es muchachos, pueden bajarse.
Su mirada manchada contra el asfalto no puedo borrarla de mi mente, levanté el brazo a noventa grados de mi cuerpo y el micro frenó, pero este no llegó detener su impulso e impactó contra mi coche. Martincito quería ir al parque Saavedra después de la escuela.

lunes, 10 de diciembre de 2012

El Abrazo


Acalorados, convulsionados, explosivos, todo ese cansancio es placer. Sus cuerpos no saben otra cosa que hacer lo que hacen. Perdidos en la más perfecta demostración de la carne. Como bestias van el uno contra el otro en una danza voraz. Se pierden entre el uno y el otro.  Parece azar pero cada movimiento está pactado en sus almas. En un tiempo anterior ellos compartieron sus gustos y preferencias y que todo ello lo llevarían a cabo. Pero este era el momento de demostrar que cosas sabían, el momento de moverse por instinto y romper las expectativas existentes. Se escuchan gritos. Como aves se bailaban y revoloteaban en una combinación de fineza y bestialidad. Las piernas juegan, movimientos a la izquierda, a la derecha. Pulsos lentos que de improvisto se aceleran, como serpientes.  Fluyen, como un río. En ese momento toda la energía se concentra, es enviada a un último golpe. Y todo es paz. Con una sonrisa él extiende sus brazos y un abrazo envuelve su cuerpo.  Festejaron el gol como una hazaña histórica. El partido terminó tres a dos. Luego de juntar la plata fueron todos a tomar una cerveza a un bar.

domingo, 2 de diciembre de 2012

La Espera


Estaba allí hace diez minutos. Está bien, la espera de diez minutos no es gran cosa y es una demora “sensata”.  Pero yo no espero hace diez minutos. Hace dos años ella se fue prometiendo que volvería. Hace dos años…