Cada partícula de ti, cada átomo de mí. Ambos parte de este inerte ser.

Ambos vivos y muertos en la paradoja escatológica. Vivos, vivos y muertos a la vez.

Perdiendo el rumbo de las cosas, perdiendo nuestro centro.

Teniendo suerte de mordisquear la salsa errante de tu sangre.

Percibe, toca, lee y déjate invadir.

Estas ahora en mi mundo. Déjate ser.

//Juan Manuel Alvarez

domingo, 25 de diciembre de 2011

Las Hormigas


Todos salimos, todos nos revelamos. No distinguíamos la raza, ni la religión, ni la ideología política. Todos salimos de nuestras madrigueras. Éramos miles, millones, trillones y salíamos de todos lados. Éramos la invasión de los invadidos, era la recuperación de lo ya pertenecido. Todos ahí salimos. Recorrimos los caminos uno atrás del otro, todos marchando, gritando. Los carteles que sosteníamos estaban en blanco. El que tenía atrás no era como yo y el de delante tampoco. Pero no lo notábamos.
 Al principio no sabíamos por qué estábamos ahí ni por qué hacíamos eso; por qué destruíamos sus casas. El de delante de todo, parecía nuestro líder por su mirada penetrante, segura y señorial, dijo que ese territorio nos pertenecía por derecho. Nosotros solo podíamos obedecerlo. ¿Qué haríamos sino? ¿Corrernos del camino? Con esa multitud era imposible. Era preferible seguir, era preferible sostener los carteles y escuchar, era preferible romper sus casas. La batalla fue dura. Así como nosotros, de sus casas salieron miles y millones de ellos. Pero nosotros éramos más. Para nosotros era fácil; éramos más y la consigna era fácil: “Romper y matar”. Ellos parecían más aturdidos por su misión, era dificultoso proteger, cuidar, defender y salvar todo al mismo tiempo. Mucho más difícil que atacar bestialmente como nosotros lo hicimos.
 Tardamos mucho tiempo en vencerlos pero fue solo cuestión de tiempo. Me pare sobre un escombro y mire el escenario. Todos ellos destrozados, todos ellos mutilados; pensar que ayer yo salude a muchos de ellos. Pero el líder nos dijo que debía asesinarlos y destruirlos, que eran malvados, que estaban muertos por dentro y había que equiparar si cuerpo con su alma. Aquellos que ayer salude con una sonrisa, hoy estaban muertos por los caminos, y mis propias manos habían sido las culpables.
El líder se paro en el escombro más alto, todos callamos y este gritó ensordecedoramente:
-Señoras y Señores, ya nos hemos librado de la opresión. Somos libres por primera vez.-Fue extraño oír que diga que éramos libres por primera vez luego de haber dicho que antes este territorio nos pertenecía pero no hice caso y seguí escuchando- Por fin, compañeros y compañeras, estamos desligados de la tiranía, de la brutalidad. Griten señores, griten. Porque todo lo que logramos hoy no se ha logrado nunca en nuestra historia.
La gente festejaba y movía sus carteles en blanco; la gente sonreía y gritaba, hasta que algo paso. Algo detuvo sus gritos, sus festejos. Eran ellos mismos. Los que teníamos a nuestro lado, los que teníamos a nuestro lado eran diferentes. Algunos eran de otros partidos políticos, algunos otros de religiones extranjeras pero los peores eran los de otras razas. Que asqueroso merengue estaba allí. La gente se alejo, los caminos quedaron vacios de repente. Todos huyeron a sus madrigueras, se escondieron allí y comieron hongos con sus pares del mismo partido, la misma religión y sobretodo la misma raza. Y pensar que a mi lado tuve una hormiga colorada, que horror, que desacato a la razón.

/Juan Manuel Alvarez

domingo, 4 de diciembre de 2011

La caída


Surge emancipada de la lluvia poderosa. Vino desde allí, de las nubes. Revoloteó con sus pares en esa negra humedad hasta ser lo suficientemente grande y se lanzó. Miles de paracaidistas sin paracaídas, panzones y cristalinos se sumergen en la caída. Su caída, para la que nacieron. Su vida, su razón de vivir. Se lanzan todas juntas, ella cae y se desliza. Ella, mi gota. Porque es mía, porque si. Mi gotita, cae en mi frente. Ella, dulce y fría como caricia de invierno juguetea por mi frente, desarma algo de si en mi ceja, continua su camino por mi nariz y entra tiernamente en mis labios para confundirse con nuestra saliva que se fusiona irremediablemente.

 Nosotros todos empapados por las pequeñas paracaidistas; ella sonriente, yo enceguecido, ambos en un dulce esplendor. Ambos persiguiendo la pasión, ambos con heridas en el corazón, ambos sabiendo que no estábamos allí sino en otro lugar, ambos vivos, ambos muertos. Y las pequeñas gotitas solo desaparecieron, y en su llanto, su vestigio gris, quedo impregnado en nuestros cuerpos. Recuerdo que ahí volamos, no éramos nosotros personas sino gotitas, y las gotitas no eran eso sino humanos. Que ellas no venían a nosotros, nosotros fuimos a ellas y no se deshicieron en nosotros sino nosotros en ellas. Volamos, saltamos y tropezamos contra el lago, más bien contra esa multitud engrumecida y apretujada. Nos zambullimos en ese tumulto y lo mojamos por completo y nos deshicimos otra vez...

Juan Manuel Alvarez/inspirado en Julio Cortázar

jueves, 1 de diciembre de 2011

Perdimos


El mundo pudo más que nuestro absurdo amor,

No me arrepiento ni pido perdón pero sé que hubiera preferido estar en tu corazón