Cada partícula de ti, cada átomo de mí. Ambos parte de este inerte ser.

Ambos vivos y muertos en la paradoja escatológica. Vivos, vivos y muertos a la vez.

Perdiendo el rumbo de las cosas, perdiendo nuestro centro.

Teniendo suerte de mordisquear la salsa errante de tu sangre.

Percibe, toca, lee y déjate invadir.

Estas ahora en mi mundo. Déjate ser.

//Juan Manuel Alvarez

viernes, 4 de julio de 2014

Frío

Una suave neblina cubría su lúdico danzar,
una pequeña ventisca la volaba una vez a mí,
y siempre en azar llegaba a otro lado, como un ente enmarañado.
Cauteloso me escondí asustado, entendí que sabría ser amado.
O al menos intentado, bajo la suave neblina ese trozo de calzado,
ese nada que es tan todo en vos, tanto lodo vos.
Mejor sabido su tristeza que el puñal clavado, como llanto,
como rotura paranoica de un sensible sueño.
No olvidaré, no olvidé. Me encaberné, me solidifiqué.
No sabiendo estar perdido me perdí,
no queriendo tener frío te bese,
y tanto más te volviste puñal y tanto beso se volvió oscuridad.
Juan Manuel Alvarez - SYAT


sábado, 24 de mayo de 2014

Una luna


¿Adónde vamos cuando nuestros ojos se cierran juntos?

¿Adónde nos perdemos cuando nuestro cielo se nubla de deseo?

A veces sueño tus respuestas desde un balcón,

con una luna mirando pendiente,
alerta.



Recorro así el firmamento con mis ojos,

te encuentro en cada destello.

cada párpado.

Y suspiro porque, aunque sos lo más cercano al amor,
te deseo lejana. Como la luna
que me cela secretamente.

Entonces ya no tiene sentido perderse en llanto,
no tiene sentido recordarte solo,
si la luna nos observa cálida,
como en nuestro primer beso.

Juan Manuel Alvarez
SYAT



jueves, 6 de marzo de 2014

Conocer lo que es vivir

Él esperaba allí hace un par de minutos. Bajar ahí abajo no le había causado ninguna gracia pero luego de darse ánimo la idea comenzó a motivarlo. Pasaban por su mente libidinosas fantasías. Mujeres ardientes, bellísimas. Ese film imaginario una y otra vez circulaba a través de sus ojos. Las cortinas color guinda y esa luz tenue lo enloquecían aun más. Permanecía sentado en el extenso sillón de terciopelo, inquieto y alborotado.  Escuchaba de tanto en tanto sonidos acuosos susurrando tras la cortina pero no le prestaba demasiada atención, él quería verla ya. Soñaba con tocar ese cuerpo cálido, esa sonrisa perfectamente blanca, besar esos hermosos labios. Era claro, la situación lo excitaba cada vez más.

Una mano delicada y finamente retocada, emergió del cortinaje y lo apartó dando a conocer a la dueña de esas sutiles uñas con manicura francesa. Vestida con una remera larga, casi como un camisón, posaba frente a él esa muchacha hermosa. Era una rubia de metro setenta, con unas piernas provistas de la más lujosa exquisitez. Sus ojos, verdes y oscuros como una sombra en el césped, lo miraban con tanto deseo y voracidad que no él pudo reaccionar. La situación lo supero y comenzó a sollozar. El alma puede surgir en cualquier momento.

–No te pongas mal dulzura, yo quiero que vos estés bien –le dijo ella con suavidad mientras se acercaba y lo besaba en la boca–. Vos sabes que conmigo podes contar siempre, para lo que sea. Lo que sea –Le recalco insinuosamente.

Él recordaba nuevamente aquella vez, lo que le contaron, lo que le hicieron, lo que pagó y firmó. Todavía no entiende cómo es que acepto semejantes términos en ese contrato.
–No te preocupes –le susurro ella mientras se sentaba en su regazo–. Yo voy a hacerte sentir vivo de nuevo.
El cuerpo de la muchacha era perfecto, Ella lo acariciaba a él con delicadeza y sensualidad y besaba su cuello con sus lúbricos labios rojos. Él solo estaba ahí sentado, observando, contemplándola con anhelo mientras era desvestido. La muchacha, aun sentada sobre su regazo, tomó su remera y se la sacó mostrando los pechos. Él jamás había visto un busto tan hermoso y perfecto como ese. Ahora podía contemplar en su totalidad la belleza incomparable de esa muchacha que se sentaba sobre él. Su rostro tan joven, su pelo suave y brillante, su piel. Toda ella parecía hecha específicamente para él, hasta sus nalgas que abrigaban cálidamente su entrepierna.

Al terminar de desvestirlo, ella tomo su cabeza con ternura, acariciando con su pierna el sexo de él, y lo acostó en el sillón suavemente. Sofía allí, le hizo el amor. Los gemidos y las caricias los envolvían a los dos. Zigzagueantes se movían el uno contra el otro hasta que al fin, ambos en completa sincronía, soltaron un último suspiro y explotaron ese orgasmo final. Sofía permaneció sobre él un segundo más, exhausta. Luego, se recostó a su lado. Él pensaba seriamente si esto era real o no. Sofía aun dormía sobre el sillón. Él se levantó después de algunos minutos, se vistió y se marcho. Había olvidado torpemente su tapado gris sobre el sillón. Al volver por él, ella no estaba más.


Luego de una jornada laboral un tanto conflictiva, se sentó en un bar de esos que se pueden encontrar en la provincia de Buenos Aires, y recuerdos angustiantes cayeron sobre él como bombas, uno tras otro. Todo su cuerpo temblaba, el café le pareció un poco frío esa tarde. Miraba por la ventana y la imaginaba a ella sentada frente suyo. Los recuerdos volvían su mente: Él entrando al laboratorio, hablando con el señor Collins, siendo estudiado. Todo, todos aquellos momentos fueron un vacio cada vez más grande. Más aun, que el vacio en su cama.

Todos los días, de una y media a tres de la tarde, iba con Sofía y después al trabajo.  Por las noches, él no podía aguantar el dolor de no tenerla allí y que este ahí. El dolor de que sea eso. Algunas veces él intento confesarle a Sofía su naturaleza pero ella siempre lo callaba. De tanto en tanto él percibía la monotonía de Sofía al amar. De tanto en tanto ella parecía olvidar su sentir. El bar lo recibía a diario para servirle el café, frecuentemente las imágenes horrendas de aquel contrato volcaban en él un llorisqueo mudo.
Aquel día, llegó un poco antes de la una y media. Entró y se sentó en el sillón de terciopelo. Su cuerpo susurraba una inquietud acechante y una angustia atroz. Los ruidos sordos se deslizaban con tono acuoso tras el cortinal. Él esperaba pero ella nunca salía de la cortina. “¿Qué le pasará, estará mal?” pensó preocupado.

Tras la cortina, Sofía no estaba, ni ella ni sus ojos. Estaba allí únicamente una puerta, se pregunto como nunca la había visto pero nunca se dio respuesta. Al acercarse los sonidos acuosos se volvieron más audibles. Específicamente se oían burbujas. Con su mano, tomó la perilla y la abrió para descubrir, frente a él, una increíble realidad.

Volvieron a su mente todas esas imágenes, el contrato, su firma, la explicación del proceso de generación vital. Como aquel que come carne y conoce un matadero, sus ojos se llenaron de lágrimas y su corazón de culpa. Tantas veces imaginó ese sitio, pero nunca tan espeluznante.

Uno tras otro, recipientes tubulares de vidrio protegían dentro de ellos las más bellas mujeres que el ser humano pudiera conocer. Suspendidas en un liquido gelatinoso las ginoides dormían esperando ser despertadas. Cada una con una inscripción a sus pies, en una placa.

– Nnn… no… ¡No puedo creerlo!

Sus ojos contemplaban la más terrible inmoralidad realizada por el hombre, era increíble. Pero un recipiente era distinto. Una pecera en particular, estaba vacía. No había nadie en ella. Él leyó: “Gustavo Vieites”.

– ¡Ese soy yo!  –Se dijo, y una mano, delicada y finamente retocada, se poso sobre su hombro.
– ¿Qué haces acá tonto? Vos me tenías que estar esperando allá en el sillón–susurró Sofía con preocupación. Estaba completamente desnuda. Toda mojada como sumergida en viscosidad.
–No lo entiendo. ¿Qué haces acá, por qué?
–Esto es así, cada hombre tiene una mujer perfecta, acá te hacen a la tuya. Ya lo sabes nene.
–Sí pero… ¿Así vivís?
–Yo no vivo más que por vos Gustavo. Vos sos mi único sentido y significado. Pero vayamos de vuelta a la otra habitación así me seco y te olvidas de todo esto.

Gustavo la siguió hasta la habitación del sillón de terciopelo perplejo y la besó como quien busca en un beso un consuelo, un perdón. Sofía le sonrió con ojos compadecientes y le explicó:

–No entiendo que pretendés de mí. Vos sabias quien era, que hacía acá. Me crearon por vos. Gracias a vos, te debo la vida.
– ¡Pero esto que estás viviendo no es vida! ¿Cada vez que me voy vos…?
– ¿Qué querés que haga yo? Yo soy tuya, no soy más allá de vos. No hay nada más allá de vos.

Gustavo sentía asco y repugnancia de sí mismo y un dolor en su pecho que no le dejaba respirar. Sofía rió como si dentro de si pudiera experimentar la ternura.

– Gus esto es lo que me tocó. No siento dolor ni remordimiento, no siento nada. No soy humana. Vos lo sabés muy bien. –Ella le sonreía para despreocuparlo.

Él siguió porfiado, llorando con el peso de la culpa sobre todo su cuerpo. Sofía, paciente, lo abrazó y se calló hasta que se hicieron las tres de la tarde.

–Ya tenés que irte, ya es la hora.

Gustavo tuvo una idea como un destello que cae del cielo y pensó que no tenía otra opción:

–Vení conmigo, no me podés decir que no. Dale, vení.
–Sabés que no puedo irme.  Nunca me fui, no me puedo ir. A parte, sabés que si Collins se entera te va a liquidar. Es un tipo muy poco paciente.

Él la tomo del brazo sin cuidar de su aprehensión y la miró fijamente como quien busca en el otro nada más que aceptación. Ella ladeó su cabeza y dejó caer una amarga lágrima. Él la secó con su pulgar y aproximó el rostro de Sofía al suyo.

–Por favor, vení conmigo. Dejame mostrarte. Dale, no me digas que no. Por favor. –Sofía le sonrió agachando la cabeza. Al final, ella tuvo que aceptar. Ella, desde dentro de su ser fue hecha para él. Su propósito en la vida es serle fiel y si bien sabía que no podía irse, tuvo que hacerlo. Gustavo era todo el propósito de su vida. Si es que era vida eso que poseía.

No había en sus cuerpos fuegos más próximos que los que encendían desde dentro de sus corazones. Corriendo esas escaleras, saliendo de esa casa y, juntos, encontrándose libres. Él olvidó su trabajo y sus deberes, ella por fin estaba más allá de ese cortinaje color guinda, más allá de sus sueños. El sol acariciaba sus mejillas y la envolvía en un calor irreconocible. Gustavo le dio su tapado gris y la abrigó con el mayor cuidado posible, era la primera vez que Sofía vestía tanta ropa. La llevó a un bar de esos que se pueden encontrar en la provincia de Buenos Aires, y la miró a los ojos con el inconmensurable amor que él sentía por ella.

–Sabés bien que yo no te amo, ¿no? –le dijo ella con tono de preocupación como quien necesita recalcar una idea. Gustavo, se quedo perplejo. Mirándola atónito. – No soy humana, te seguí, te hice caso, te ayude, porque vos me lo pediste. Y ese es mi único mandato en la vida. Pero yo no odio, no siento, no creo, ni me importa nada. Y tampoco se amar.

Gustavo lloró y ella seco sus lágrimas con dulzura mientras ambos tomaban un café, aunque este les pareció un poco frio a ambos.

El sueño que envolvió a Gustavo aquella noche durmiendo junto a Sofía lo despertó de inmediato. Gustavo corría perseguido por una luz, abstracta, indescriptible. El ente lo asechaba con tal persistencia que él no sabía dónde ir. Cayó entonces, sobre un mar espeso, negro, casi solido. Se ahogaba y el agua comenzaba a aprisionarlo como una serpiente áspera, hasta que… Los ojos lo volvieron a su habitación junto a Sofía. Ella temblaba completamente empapada en sudor.

– ¿Estás bien Sofía? Estas muy pálida.

Ese temblor se volvió aun más brusco hasta convertirse en convulsión y sus ojos se hincharon enrojecidos llevando sus pupilas hacia arriba. Gustavo sostenía su mano y su cabeza, le gritaba para lograr que reaccione. Ella saltaba y se retorcía sin sentido sobre la cama. Gustavo creyó en ese momento que así se vería una posesión diabólica. Los espasmos se tornaron incontrolables a tal punto que él tuvo que sentarse sobre ella. Nada la detenía, hasta que él la abofeteo.

Todo su cuerpo se tornó calmo y sus pupilas volvieron, aunque aun enrojecidas, a su posición original. Gustavo la miró con desesperación y su rostro se vio inmerso en llanto. Tal vez, esos contenedores tenían un propósito mucho más vital que el que ellos imaginaban. Sofía allí, comenzó a balbucear una frase:


–Te, te... te amo, Gustavo. –Y una tos motivó su último suspiro, antes de que la quietud de la oscura muerte la absorbiese por completo.  Y en los brazos de quien la amó con lo profundo de su alma, Sofía logró sufrir, sentir y amar.

Juan Manuel Alvarez - SYAT

martes, 18 de febrero de 2014

El temor

Sentí una hoja y era un suspiro.
Sentí tu boca y era un auxilio.
Y sentí el tiempo en su marcha caminante,
como un errante caballero y crepitante.

Recuerdo haber sentido,
recuerdo haber querido.
Sin embargo, no sería extraño,
todo se volvió un recuerdo del pasado.

No soy de persona enrevesada,
ni me surgen problemas inconclusos.
Tal vez el mismo dilema que me ata es este embelesamiento incorruptible
es tu simple presencia y mi miedo a tu beso final.

Y es brutal esa agonía de vida,
tu cuerpo frío, tu piel de nada.
Ese vacío y totalidad.

Miedo. Simplemente te temo.
Y es ese pavor al final de vos,
que me ata a vos, que me encierra en vos,
que me mata.
Una y otra vez.

Juan Manuel Alvarez
SYAT

lunes, 23 de diciembre de 2013

Hermanos del aire

Hermanos del aire,
respiramos y es la tierra,
y es el átomo y la carne de Dios.
¿Oh que más se espera de quién quiere iluminar?

En el cuerpo,
en tus ojos,
y en los de todos los demás.
Y es esa manera de perderse,
perderse,
perderse.

Silbando,
silbando se siente que en vos no hay nada.
Y es en todos los demás,
y es en todos los demás cuerpo del aire.

Toda esa sangre que es en todos luminosidad,
luminosidad.
Puede transformar un transbordador,
darte una pasividad diluida,
un cuerpo de Cristo, o los dos.

Pasó la bolsa y volando secuestró a tres señores
que quisieron darle amor.
Es el cuerpo.
El átomo y la respiración.
Pulso de dos,
en vos y vos en todos.

SYAT
Juan Manuel Alvarez